El viaje debía ser uno más. Cinco horas de colectivo, una ruta conocida, pasajeros anónimos que suben y bajan. Pero entre Viedma y Luis Beltrán, algo cambió el rumbo de ese trayecto y lo convirtió en una historia que hoy sigue resonando entre quienes estuvieron ahí.
Una adolescente de 14 años, que viajaba sola, comenzó a sufrir ataques de pánico en plena ruta. No fue un episodio aislado. Fueron varios. Intensos, repetidos, agotadores. De esos que no se calman con frases hechas ni con el paso de los minutos.
Cuando el pánico aparece, no alcanza con decir “tranquila”. Hay que quedarse. Hablar. Respirar con el otro. Sostener cuando el cuerpo parece desarmarse.
Entre los pasajeros estaba una mujer con experiencia en acompañamiento de jóvenes con padecimientos de salud mental. Sin dudarlo, se quedó cerca de la adolescente. Le habló, la abrazó, le buscó temas para distraerla, puso música, le cantó cuando ya no reaccionaba, la ayudó a volver una y otra vez al eje. No porque fuera sencillo, sino porque alguien tenía que hacerlo.
La situación se extendió durante horas. Hubo sudoración intensa, sensación de asfixia, pensamientos de peligro. Hubo llanto, vómitos, miedo puro. Momentos en los que la adolescente no respondía y el temor se volvió colectivo.
Y ahí apareció el gesto que marcó la diferencia.
Los choferes del colectivo de larga distancia de Vía Tac, Miguel Gómez y Raúl Gordillo, podrían haber tomado el camino más fácil. Podrían haber detenido el micro, bajado a la menor en algún punto intermedio y desligarse del problema. No lo hicieron. Eligieron acompañar.
Los choferes del colectivo de larga distancia de Vía Tac, Miguel Gómez y Raúl Gordillo, podrían haber tomado el camino más fácil. Podrían haber detenido el micro, bajado a la menor en algún punto intermedio y desligarse del problema. No lo hicieron. Eligieron acompañar.
Pararon el colectivo todas las veces que fue necesario. Bajaron junto a la joven a la ruta para que pudiera recuperar el aire. Redujeron la velocidad del viaje. Llamaron a una ambulancia. Se comunicaron con su madre para coordinar la atención médica al llegar al destino. Y, sobre todo, no la dejaron sola.
“Pararon el colectivo todas las veces que hizo falta. Bajaron con nosotras a la ruta. Llamaron a la ambulancia, hablaron con su mamá, manejaron más despacio y no la dejaron sola”, relató quien acompañó a la adolescente durante el viaje.
El momento de mayor tensión llegó al final. Cuando el colectivo arribó a la terminal y la ambulancia ya esperaba, la adolescente volvió a entrar en pánico. El miedo a separarse de quienes la habían contenido durante horas fue más fuerte que todo.
Uno de los choferes se acercó y le habló con una calma que todavía hoy emociona a quienes lo escucharon: “Quedate tranquila, estoy con vos, no te voy a abandonar”. Y así fue. Se respetó su necesidad de sentirse acompañada hasta el último momento.
Entonces, uno de los choferes se acercó y le habló con una calma que todavía hoy emociona a quienes lo escucharon: “Quedate tranquila, estoy con vos, no te voy a abandonar”. Y así fue. Se respetó su necesidad de sentirse acompañada hasta el último momento.
El final fue el mejor posible dentro de un episodio tan difícil. La joven llegó más tranquila, pudo abrazarse con su mamá y se despidió con cariño de quienes la asistieron. Hubo aplausos espontáneos, alivio y una certeza compartida: algo se había hecho bien.
Hubo empatía, humanidad y compromiso.