Como cada mañana en el desierto de Utah, el sol inició perezosamente su ascenso por entre los rojos montes del Valle de los Monumentos. Al verlo pienso que no ha habido ni habrá en la Tierra arquitecto o ingeniero capaces de lograr semejantes catedrales de piedra, donde cada roca cuenta su propia historia, tan antigua como la misma humanidad.
Mientras tanto, en el rancho “Dos Coyotes” todo era nervio y tensión.
La última información provenía del espía que el Mossad había instalado en el pueblo. El informe daba cuenta de una inusual movilización de hombres y vehículos en las afueras del casco urbano, lejos de la vista de los lugareños, pero en línea recta con el rancho.
Desde hora temprana, los francotiradores del Mossad se habían instalado en sendas casamatas sobre el tejado de la casa, desde donde podrían controlar con facilidad y tener a tiro a cualquiera que pisara los alrededores de la vivienda.
El coronel Cohen había armado su “bunker” en el porche de la vivienda, bajo el alero, desde donde podía ver toda la escena, y a la vez estar casi a cubierto del fuego enemigo.
El militar tenía en su poder un transmisor de radiofrecuencia, que funcionaba como una consola de disparo de las numerosas minas antipersonales y anti blindados que, al llegar al rancho en el día anterior, sus hombres habían sembrado por todo el camino de ingreso a la casa.
Esas trampas servirían tanto para detener el avance enemigo, como para aniquilarlo en una eventual retirada.
Los alguaciles, a las órdenes del teniente Valdez, habían ocupado sus posiciones de defensa, en trincheras disimuladas con arbustos del desierto. Allí habían instalado sus ametralladoras montadas en trípodes capaces de disparar centenares de balas por minuto.
Inspirado por el coronel, Valdez instaló su versión del “bunker” en el porche de la casa. Desde ahí podría mantener el fuego al tiempo que dirigiría a sus hombres si se producía el combate. Allí encontró sitio el sargento Collins, convertido en ayudante de campo del teniente.
Mi amigo Joe O’Brian, Rosalyn y las dos mujeres, junto con la niña Esperanza y quien esto escribe, nos mantendríamos en el interior de la casa. Joe y yo, parapetados en uno de los dormitorios superiores, desde cuyas ventanas podríamos abrir fuego con comodidad, y, al mismo tiempo, estar plenamente cubiertos.
No sabíamos ni quién, ni quiénes, ni cuántos, ni cuándo vendrían, pero había dos cosas que sí sabíamos: vendrían por los Papeles de Norman y, una vez obtenidos, nos liquidarían sin importar el género o la edad.
El teniente Valdez le había encomendado a Esperanza que ocultara la pequeña maleta de titanio con los Papeles de Norman en algún lugar secreto fuera de la casa, pero que no le revelara a nadie su ubicación.
También le había indicado que, en el caso de complicarse nuestra situación, o de una derrota a manos de los intrusos, tomara los consabidos papeles, montara el caballo pinto, que esperaba amarrado detrás de la casa, y se alejara de la casa lo más rápidamente posible hacia el noroeste, hasta alcanzar la reservación shoshone del jefe Roble Amarillo, donde seria acogida y protegida por los nativos.
Si así lo hacía sería prácticamente invisible para los atacantes, y el legado de Norman Blake seguiría protegido por los shoshone, hasta ser enviado al fiscal Benjamin en Nueva York.
Ese tenso silencio que suele preceder a la batalla se quebró cuando, a través de uno de los walkie-talkie, escuchamos la alarma de uno de los marshalls, avisando que un grupo de vehículos se aproximaba a la entrada del rancho.
Sentí claramente que, en cuestión de minutos, se abrirían las puertas del infierno y que, sobre nuestras mortales almas, empezaba a enseñorearse “la de los mil nombres”: la Parca, la Huesuda, la Calavera, la Segadora, la Patrona, la cruel Tanatos...distintos nombres para llamar a la Muerte, que se aprestaba ahora a soltar los perros de la guerra.
Los vehículos, unas tres grandes furgonetas más algún Jeep, recorrieron el camino minado sin problemas. Las minas israelíes de Cohen se disparaban desde la consola de radiofrecuencia que operaba el coronel, quien juzgó pertinente esperar a tener una identificación cierta de los visitantes antes de proceder a su eventual aniquilación.
A unos cincuenta metros de distancia de la casa se estacionaron, y una veintena de hombres armados bajaron de sus rodados y se apostaron en posición de ataque. Posiblemente, las furgonetas albergaban a más combatientes, pero no lo sabíamos.
Desde su ubicación, les resultaba difícil evaluar cuántos éramos nosotros y dónde estábamos apostados. El trabajo de camuflaje había resultado impecable.
Desde el techo de la casa, los dos francotiradores del Mossad podían ver también la retaguardia, la parte trasera de la vivienda. Ellos acababan de informarle al coronel que no se veían ni vehículos ni intrusos ni ningún otro movimiento desde esa dirección.
Esto quería decir que todos los que eran estaban apostados, como en un juego de ajedrez, frente a nosotros, y desde ahí avanzarían.
Tanto el coronel como el teniente Valdez, coincidían en que los invasores no habían contado con la posibilidad de efectuar un análisis de inteligencia previa a la batalla, por lo que era casi seguro que intentarían un ataque frontal en masa, probablemente con apoyo de algún tipo de artillería portátil, como misiles o morteros, y recién ahí constatarían cuántos éramos y dónde estábamos.
Una forma un tanto suicida de contar las fuerzas enemigas.
El teniente decidió abrir el juego. Tomando el megáfono que traía consigo, y desde su escondite, emplazó a los intrusos:
- ¡Les habla el teniente de los US Marshalls, John Valdez! Ustedes no nos pueden ver, pero les comunico que los superamos en número y en armamento. Ríndanse pacíficamente ahora y nadie morirá en este día. ¡Queremos terminar esto por las buenas, no nos obliguen a hacerlo por las malas!
Tras un breve silencio, Valdez recibió su respuesta:
Una lluvia de balas estalló desde la posición de los intrusos hacia la casa. Miles de disparos, muchos de ellos con munición trazadora, se abatieron sobre nosotros. Valdez y el coronel se guarecieron, pero, a juzgar por la capacidad de fuego de los invasores, la situación empezaba a prefigurarse ya como insostenible.
El coronel dio la orden a sus francotiradores de iniciar fuego selectivo. Así los “snipers” empezaron a derribar enemigos como si fueran patitos en un juego en Coney Island. Uno a uno, caían bajo el fuego certero de los israelíes, pero a medida que descendía su número, más hombres aparecían desde dentro de las furgonetas.
- ¡Nos quedamos cortos, coronel, son mucho más de veinte! le gritó Valdez al israelí, y este le respondió con su lógica militar forjada a través de años de combates en el desierto:
-¡Con todos los que mis muchachos del techo acaban de dejar fuera de combate, le informo que, en el peor de los casos, siguen siendo veinte... pero bajando!
Desde el dormitorio superior de la casa, O’Brian y yo disparábamos nuestros M16 desde las ventanas convertidas por la necesidad en troneras de un castillo asediado. Si pensábamos en una partida de ajedrez, nosotros éramos las torres. Las balas trazadoras que disparaban los sitiadores nos servían de referencia para encontrar el origen del disparo, y así podíamos abatir a más enemigos.
Abajo, Rosalyn y las mujeres de la casa habían trabado la puerta de entrada con la pesada mesa de roble del comedor, haciendo imposible su apertura desde afuera. Los invasores necesitarían un ariete medieval si buscaban entrar, pero previamente deberían pasar el filtro de las balas de Valdez y del coronel, que seguían disparando desde el porche de la vivienda.
Armadas con sus viejos rifles Winchester y Henry a palanca, Amanda y María disparaban con certera puntería desde una pequeña ventana de la cocina. Cada disparo de esas reliquias de museo era un enemigo menos en la refriega.
En un momento, desde el dormitorio divisamos un movimiento en una de las furgonetas. Nosotros podíamos verlo, no así Valdez y el coronel.
Usando nuestros prismáticos, vimos claramente cómo uno de los atacantes, protegido por las puertas abiertas del vehículo, sacaba lo que parecía ser un mortero y lo armaba detrás del vehículo apuntándolo directamente hacia la casa.
O’Brian tomó su walkie-talkie y le transmitió la alerta al teniente:
- ¡Teniente, mortero “a sus doce”, detrás de la furgoneta azul!
El primer disparo no se hizo esperar. El proyectil trazó una perfecta parábola directa al porche de la casa, impactando y haciendo explosión justo frente a los búnkeres de Valdez y el coronel. La deflagración desató una gran y pesada nube compuesta por tierra, fuego, humo y mucha pólvora quemándose. Cuando la nube se disipó, ni Valdez ni el israelí estaban a la vista.
Con Joe bajamos corriendo al recibidor. Desesperados, miramos el frente de la casa desde una pequeña ventana de la cocina. Con Joe O’Brian buscábamos ver alguna señal de sobrevivencia de nuestros amigos. Pero no veíamos nada más que humo y fuego. Nos sobrecogió la angustia de pensar que ambos podían estar muertos.
En ese momento una voz familiar se escuchó desde el fondo de la cocina:
- ¡No crea que le voy a dar la oportunidad de escribir mi necrológica...tengo más vidas que un gato..!
Era la voz del teniente Valdez. Junto al coronel, ante la alerta de O’Brian, supieron correr hacia una pequeña ventana que las mujeres dejaron abierta para permitir el acceso a la casa sin tener que abrir la puerta principal.
El coronel tomó su radio y transmitió una orden precisa a sus francotiradores en el tejado, que cambiaron sus fusiles por lanzagranadas, y apuntaron a la furgoneta azul, desde donde había partido el proyectil de mortero.
En cuestión de segundos, el vehículo, y con él varios hombres, que allí estaban operando el mortero, fueron vaporizados en una blanca y compacta explosión seguida de un pequeño “hongo” de bomba atómica.
Esto desconcertó a los atacantes, que redoblaron el fuego, mientras eran contenidos por las ametralladoras de los atrincherados marshalls. Esto los obligó a dividirse en columnas para reforzar el control del campo. Una columna ocupó el viejo establo mientras otra intentaba rodear la casa para luego invadirla.
Valdez y el coronel tenían la intención de regresar a sus “búnkeres” en el porche, desde donde tendrían una mejor vista del campo de batalla.
La retaguardia estaba bajo el control de los francotiradores israelíes. Las ametralladoras atrincheradas de los marshalls empezaban a flaquear en su provisión de municiones y eso le hizo ganar espacio a los intrusos.
Mientras los invasores caían abatidos por el fuego de los “snipers”, nuestras bajas aumentaban a ritmo sostenido, por lo que Valdez consideró oportuno iniciar el plan de evacuación de Esperanza y los Papeles de Norman. Dirigiéndose a la pequeña le dio sus órdenes:
-Esperanza, es hora de que te vayas. Toma los papeles de Norman y sube al caballo que está detrás de la casa. Tu mamá te acompañará.
Marïa y la niña se abrazaron con Amanda. El coronel sacó su pistola y se la dio a la mujer:
-¿María, sabe usted usar una de estas?
La mujer tomó el arma con la seguridad de quien sabe de qué se trata la cosa y remarcó:
-Mi abuelo me llevaba a tirar a un polígono cuando era chica. Mi preferida era una Colt 1911 calibre .45.
-Bien, me complace saber que sabe de qué estamos hablando...“Mazel tov” (Buena Suerte) le deseó en hebreo mientras abrazaba a la niña:
-Esperanza, haz honor a tu nombre y al trabajo que le costó la vida a.....
-...a Norman, su hijo –le interrumpió la niña- él siempre hablaba de su padre militar.
El coronel se emocionó y le dio un beso de despedida.
María y Esperanza se escabulleron por la puerta trasera, ganando la retaguardia que todavía continuaba sin peligro. Allí seguía amarrado y ensillado el manso caballo pinto, que las llevaría directamente a las tierras de Roble Amarillo. La niña llevaba los papeles en su mochila como si se tratara de las Tablas de la Ley recién bajadas del Monte Sinaí.
En mi imaginaria partida de ajedrez, María y Esperanza y el caballo pinto eran el caballo y dos alfiles prestos a buscar el jaque mate.
Las vimos alejarse al galope en dirección a las tierras shoshone y volvimos al combate, que seguía desigual para nosotros.
En ese momento, el viejo granero explotó en pedazos, envuelto en llamas y humo. Nuestros vehículos se hallaban dentro de la antigua estructura de madera y fueron atacados por los invasores con granadas incendiarias.
Los tanques de combustible, todos cargados a tope, sirvieron de alimento involuntario para el incendio.
Mientras el humo negro oscurecía el lugar como si la noche misma se hubiese abatido de repente sobre el día, dramáticas llamaradas, como alaridos en medio de la noche, iluminaban el campo de batalla transido de cadáveres, mientras los buitres del desierto, zopilotes para los mexicanos, empezaban a rondar y a acercarse a los cuerpos inermes con la intención de iniciar su banquete de la muerte.
Valdez y el coronel volvieron a lo que quedaba del porche y sus búnkeres. O’Brian y yo volvimos a nuestras troneras del piso superior.
Mientras las pocas municiones que teníamos languidecían en los pocos cargadores con los que contábamos, parecía que la intensidad del fuego enemigo también empezaba a menguar.
- ¡Están cuidando sus balas, les está pasando lo mismo que a nosotros!, gritó el coronel, mientras preparaba su consola de radiofrecuencia para usarla en caso de una retirada enemiga.
- ¡También puede ser una estrategia para que nos descuidemos y así volver a caer sobre nosotros!, opinó Valdez desde su larga experiencia de combate en Vietnam.
Casi no se escuchaban disparos, hasta que de repente el teniente Valdez pudo sentir el paso de una bala a escasos centímetros de su cabeza. El teniente se dio vuelta para hacerle un comentario jocoso al coronel, pero no pudo decir palabra alguna: caído al piso del “búnker”, el veterano militar parecía respirar con dificultad.
Valdez casi se arrojó sobre él, y lo que vio le bastó para entender lo que estaba ocurriendo: El pecho del coronel mostraba una herida de bala cerca de su corazón de la cual manaba sangre profusamente. El israelí temblaba, como si todos sus sistemas empezaran a colapsar.
Valdez tomó de inmediato el walkie-talkie del coronel y dio la alerta a los francotiradores del Mossad, que no tardaron en localizar desde donde había provenido el disparo. En cuestión de segundos, los snipers israelíes abatieron al francotirador con sus fusiles calibre .50.
Con el coronel recostado en sus brazos, Valdez gritó con todas sus fuerzas mientras el intercambio de disparos recrudecía:
-¡Médico, médico, un médico aquí...!
Collins, que nunca se separaba del teniente Valdez, corrió a auxiliar al médico de combate de los marshalls para que estuviera seguro, y juntos corrieron, sorteando una balacera infernal, hasta el lugar donde yacía el coronel, asistido por Valdez.
El médico, un ducho enfermero experto en lesiones de combate, realizó los procedimientos básicos para atender una herida de bala de esa naturaleza, pero al rato de estar trabajando, su expresión se tornó sombría.
El médico le hizo una seña a Valdez para hablar en privado. Parapetados en el pequeño bunker del teniente, el galeno fue directo al grano:
- Su situación es muy grave. Si estuviéramos en un hospital con quirófano podríamos salvarlo, pero aquí y en estas condiciones me temo que no sobrevivirá. Y aunque pudiéramos llevarlo en helicóptero a un centro de atención, lo más probable es que se nos muera en el camino. Lamento informarle teniente que al coronel le quedan solo minutos de vida.
Valdez sintió como si el mundo se le hubiera venido encima. Se arrastró como pudo y llegó a donde estaba el coronel recostado en el regazo de Collins.
Al verlo, el oficial le dijo:
-No hace falta que me diga nada, estoy muriendo, y puedo sentirlo.
Valdez ensayó una respuesta optimista:
- ¡Trate de resistir, coronel, terminemos con esta estúpida guerra y vayamos a un hospital, donde lo puedan atender debidamente!
- No trate de mostrarme la cara linda de la vida, porque sé perfectamente lo que está pasando. No hay hospital en el pueblo, mucho menos un quirófano, ni siquiera una salita de primeros auxilios. Esto quiere decir que, en cuestión de minutos, moriré. Irónicamente, será la muerte en el Far West que jamás imaginé.
Y acto seguido, el coronel tomó su radio, y llamó al francotirador que estaba en el techo, quien bajó de un salto a donde se encontraba su jefe.
Mientras esto ocurría, los sitiados dependían únicamente de las ametralladoras en las trincheras que aun resistían y mantenían a raya a los sitiadores, mientras sus municiones se iban extinguiendo.
El coronel habló en hebreo con su subalterno, quien ostensiblemente luchaba por disimular las lágrimas. Luego le tomó de la mano como quien busca una bendición y se la llevó al corazón diciendo otra frase en hebreo, a la que el agente del Mossad asintió, antes de volver a su puesto en el techo.
Luego, miró a Valdez y le dijo:
-Usted sabe que oficialmente nosotros nunca estuvimos aquí. Si esto termina y ustedes siguen con vida, mis hombres tienen mis instrucciones para disponer de mi cuerpo bajo el más estricto secreto. Nadie debe saber quiénes éramos y qué hacíamos aquí. Lo único que le pido es que les dé a mis agentes una copia de los Papeles de Norman para que la lleven a Israel.
El teniente asintió sellando el compromiso:
-Cuente con mi silencio y mi asistencia para sus hombres, dijo Valdez, a lo que el coronel, visiblemente afectado por la grave herida, alcanzó a decirle:
-Teniente, quiero que sepa que para mí ha sido un gran honor el haber combatido junto a usted.
Valdez lo miró y le estrechó fuertemente la mano. Mientras esto ocurría, como si estuvieran en un sueño o en una pesadilla, el intercambio de disparos se incrementó, a la luz de las llamas que consumían el centenario granero.
Repentinamente, como si hubieran recibido una orden del más allá, los invasores cesaron el fuego sin abandonar sus posiciones. Ya sin municiones, los marshalls y los hombres del Mossad hicieron lo propio, manteniéndose en alerta.
Un silencio de muerte cubrió el campo de batalla, pleno de cadáveres, mientras las llamaradas seguían saliendo de los restos del establo como si toda esa escena estuviera ocurriendo en el mismísimo averno.
Con O’Brian podíamos ver un poco más allá de los alrededores, desde las ventanas del dormitorio superior de la casa. Abajo, Rosalyn y Amanda seguían aferradas a sus rifles.
De pronto, vimos aparecer una furgoneta negra, que se acercaba por detrás del establo, una zona complicada para los vehículos, pero no imposible si se conducía con pericia.
Ese vehículo no pertenecía al grupo original que había invadido la propiedad, por lo que le dimos la alerta al teniente Valdez.
Una vez que se acercó lo suficiente al rancho, la “van” negra azabache se detuvo casi paralela al establo, y con el irlandés alcanzamos a entrever, con cierta dificultad debido al fuego y al humo del establo en llamas, tres siluetas descendiendo del rodado y caminando hasta el rancho. Una de ellas era pequeña, y parecía estar siendo arrastrada por la silueta más grande y corpulenta. Detrás de esas dos figuras venía una mujer caminando dificultosamente.
De inmediato nos dimos cuenta de que se trataba de María y la pequeña Esperanza que parecían ser prisioneras de la silueta más grande. Éste era un hombre muy alto y corpulento, de un perfil que llamaríamos “atlético”, vestido con una larga y brillante capa roja, debajo, algo que parecía una túnica del mismo color y con su rostro cubierto por una máscara. Una máscara con el rostro del Diablo.
No tardamos en entender de quién se trataba y qué es lo que había pasado.
Estaba claro que, de alguna forma, el cardenal, ahora caracterizado como El Amo, líder de la secta satánica de Staten Island, había interceptado a María y Esperanza en su carrera hacia las tierras shoshone, y las había traído, a punta de pistola, al campo de batalla, para obtener los Papeles de Norman.
Cumplido ese trámite, todos seriamos asesinados.
El establo se levantaba sobre una pequeña colina, lo que le daba aspecto de escenario. Con O’Brian fuimos con el teniente Valdez y el moribundo coronel. Nos miramos con el Marshall y este me dijo:
-Parece finalmente que “Si Mahoma no va a la montaña...” este disfrazado no es otro que nuestro amigo el cardenal.
El coronel, con lo que le quedaba de energía, asintió.
Cuando el encapotado tomó la centralidad del espectáculo, todos los invasores se arrodillaron en reverencia.
El Amo, tal como lo llamaban sus seguidores, tomó a Esperanza de sus cabellos y la trajo hacia él mientras María clamaba clemencia para su hija.
A una señal suya un pelotón de sus esbirros armados y con municiones, nos rodeó apuntándonos con sus armas y obligándonos a soltar las nuestras.
Todos fuimos esposados y quedamos bajo su control. Por el momento nos custodiarían para que no interfiriéramos, pero una vez finalizado el “show” del Amo, seguramente nos liquidarían a todos, sin excepción.
El Amo tenia a la niña sujetada frente a él y él estaba arrodillado, prácticamente parapetado, detrás de la niña, lo que dificultaba cualquier disparo “limpio” de parte de los francotiradores que, además, tampoco tenían municiones.
En ese momento, el Amo, el cardenal, bramó desde su palco de fuego:
-¡Este pequeño demonio intentó desafiarme, pero fracasó! Gritó, mientras tomaba a Esperanza con firmeza de sus cabellos.
-¡Y todos ustedes pensaron que con una estúpida lista podrían vencerme! gritó dirigiéndose ahora a donde estábamos nosotros.
-¡Esta estúpida lista que irá a parar ahora mismo al fuego que todo lo purifica! Exclamó, metiendo la mano dentro de la mochila de Esperanza, y sacando de su interior el manojo de papeles que Norman le había confiado a la niña.
Sonriendo, con el sabor de la victoria paladeando en sus labios, el Amo lanzó los papeles a uno de los focos más grandes de fuego del establo. Yo no pude evitar mirar al coronel, quien en ese mismo instante había empezado a llorar.
Los papeles, alcanzados por el fuego, empezaron a volar por el aire arrastrados por el viento, que los hacía parecer candelas en mano de ángeles. Pero el drama no terminaba allí: El Amo, exultante por la impunidad, gritó, sin soltar a Esperanza:
-¡Pero como ustedes saben, aquí no puede haber testigos, así que empezaremos por la más joven, te daré ese honor, pequeña, dijo, mientras sacaba de entre sus ropas una pistola que apoyó en la cabeza de Esperanza.
-¿Te gustaría encontrarte de nuevo con Norman? ¡Bueno para allí irás! dijo, mientras amartillaba la pistola y se aprestaba a disparar.
Yo cerré mis ojos para no ver lo que iba a ocurrir, mientras lo único que se escuchaba en esa noche trágica no eran ya los balazos del combate, sino a María ahogándose casi con su propio llanto y clamando con alaridos por la vida de su única hija.
Sin disparos, sin gritos, el mundo y todos los planetas, parecían haber detenido por un instante su movimiento.
En el silencio más absoluto, en medio del desierto, cuatro explosiones rasgaron la noche y con ella nuestros corazones:
¡Bang...Bang...Bang...Bang!
-¿Cuatro disparos?- exclamé abriendo de par en par mis ojos... ¿Cuatro tiros para matar a una niña de ocho años?
Pero no. Las balas no fueron para Esperanza, las balas vinieron de otro lado.
El Amo seguía de pie, pero ahora su pecho mostraba cuatro orificios de bala, de los cuales manaban ríos de sangre. Había soltado a Esperanza, que corrió a abrazar a su madre, y ahora se había sacado la máscara mostrando el rostro inconfundible del cardenal con su mejor mueca de desprecio.
Como si se negara a aceptar lo que le estaba ocurriendo, contempló sus heridas con extrañeza, hasta mojó sus dedos en su propia sangre, mientras miró hacia donde estábamos nosotros.
Entonces, se derrumbó, cayendo hacia adelante con toda su monumental humanidad, cayendo como cae la estatua ecuestre del dictador que es derribada por su propio pueblo hambriento. Como cae una antigua puerta de roble a la que acaban de sacarle las bisagras. Cayó pesadamente a 90 grados, erguido, y con su caída levantó una nube de polvo, humo y astillas ígneas provenientes del establo, que brillaban en la noche como luciérnagas en celo.
Detrás suyo, semi oculta por el humo y el fuego del establo, una figura humana, toda vestida de negro, se encontraba de pie observando la muerte del cardenal. Estaba erguida y en posición de tiro, con una pistola con silenciador aún humeante en su mano derecha.
No resultaba difícil colegir que él había sido quien había abatido al Amo, salvando así la vida de la pequeña Esperanza y, por extensión, la vida de todos nosotros. Pero:
¿Quién era realmente ese hombre?
No era un Marshall, mucho menos un agente del Mossad del equipo del coronel Cohen, no era un shoshone de la tribu que nos prestara el jefe Roble Amarillo y, cuando el humo del incendio que lo cubría en parte se disipó, pudimos ver con más claridad de quién se trataba en verdad.
La primera en reconocerlo y reaccionar fue Esperanza quien, con un grito, erizó la piel de todos nosotros. El grito descarnado y primal de la niña fue como un terremoto en nuestros corazones y una puerta al más allá que nos franqueaba una niña de tan solo ocho años:
-¡Norman, Norman...! grito la niña y corrió hacia él para abrazarlo. Sin embargo, cuando llegó a su lado, éste le hizo una seña deteniéndola, como si quisiera evitar que lo tocara.
Ese gesto fue automáticamente interpretado por mi amigo Joe O’Brian, irlandés y católico, quien aportó parte de su hondo conocimiento bíblico:
-“Juan 20:17 Jesús le dijo (a Maria): No me toques, porque aún no he subido a mi Padre”.
Había en nuestro grupo tres personas que habían conocido personalmente a Norman Blake y lo habían visto con vida: Quien esto escribe, admirado de su arte musical; Rosalyn, que fue su mejor amiga; y el coronel Cohen, su propio padre.
El teniente Valdez solo llegó a verlo una vez, cuando su cuerpo llegó a la morgue, al igual que Collins.
Por mi oficio periodístico confieso que el escepticismo suele dominar muchas de mis argumentaciones, pero en este caso, todo ello se había disipado, poniendo en carne viva la verdad, esa realidad a la cual no se puede renunciar. Yo estaba seguro que no se trataba de un “sosias”, un imitador profesional, alguien parecido a Norman:
¡Era Norman Blake! erguido con su Beretta, regalo de su padre, todavía humeante en su mano derecha. Miré a Rosalyn, quien no paraba de llorar, me acerqué a ella y me tomó la mano para decirme:
-¡Es él, no tengo dudas, por un segundo me miró como me miraba cuando se despedía. Es Norman, eso es lo único que puedo decirte!. Y yo agregué:
-Yo acabo de gritar su nombre y, por un segundo, pareció dirigirme su mirada tal y como solía hacerlo en el club del gordo Sam antes de empezar su “show” cuando quería ver si yo estaba entre su público. No tengo dudas, Rosalyn, es él.
A esta altura de la noche, los invasores, esbirros del cardenal, con su líder muerto, estaban en retirada, mientras nosotros seguíamos en shock.
En un momento, Norman pareció notar que su padre, el coronel Cohen, se encontraba entre nosotros, moribundo.
Entonces, el Fantasma miró intensa y seriamente al coronel que empezaba a morir. El veterano militar alcanzó a darle su último mensaje:
-¡Beni...hijo...volviste...yo lo sabía y ahora me iré contigo, ya no tendré que buscarte en mis sueños porque estaré contigo por toda la eternidad! dijo el coronel mirando a su hijo, quien le devolvió el saludo cerrando su puño izquierdo y golpeándose el corazón tres veces y apuntándole con su dedo índice, en un antiguo saludo que su padre le enseñó.
Fue entonces cuando el coronel cerró sus ojos, esbozó una pequeña sonrisa de satisfacción y simplemente se fue de este mundo.
En ese momento, un par de vehículos que estaban dentro del establo estallaron, y una tropilla de cerca de cien caballos salvajes, legendarios mustangs, apareció de la nada misma, y pasó en estampida por detrás de Norman, quien permaneció de pie envuelto en una gran nube de polvo.
Cuando los caballos se fueron, el Fantasma había desaparecido. En el lugar desde donde fusiló al cardenal, salvando a Esperanza, y en donde estuvo parado por esos contados minutos, yacía la pistola Beretta que había usado.
Después descubriríamos que se trataba de la misma pistola que encontraron en el apartamento de Norman, la misma que misteriosamente desapareció de la ultra segura bodega de la Agencia Nacional de Seguridad.
Transidos por la conmoción, éramos conscientes de que nos esperaban años de terapia y consuelo.
Ante la fuga en masa de los esbirros del cardenal a través del campo minado de los israelíes, la primera tentación de Valdez fue tomar la consola de radio frecuencia del coronel y volar a los intrusos por los aires, pero se detuvo cuando vio que al menos un centenar de jinetes, con pinturas de guerra rituales en sus rostros, llegaban al lugar para enfrentarse con los intrusos, que, además, y esto no era menor, eran también intrusos en tierra shoshone.
De inmediato se armó una suerte de carga de caballería de los jinetes, armados de fusiles automáticos y pistolas, con los que prácticamente exterminaron en pocos minutos a los esbirros sobrevivientes.
Terminada la faena, los nativos se encaminaron hacia el rancho, con Roble Amarillo a la cabeza, quien al bajar del caballo se confundió en un abrazo con su amigo y hermano, el teniente Valdez.
-Parece que tuvieron una linda fiesta aquí, dijo el jefe indio al Marshall mirando las decenas de cadáveres diseminados por el terreno.
-Hay algo que debo confiarte y necesito que me ayudes a entender lo que pasó, dijo el teniente.
Valdez relató ante Roble Amarillo la aparición de Norman Blake, de su espíritu, de su fantasma o de lo que sea y cómo le disparó cuatro tiros a su asesino para salvar a Esperanza, para luego desaparecer como por arte de magia.
-Temo que hayamos perdido la razón o que vayamos a perderla si nos ponemos seriamente a considerar que el espectro de Norman Blake apareció para salvarnos y luego se esfumó tras una estampida de salvajes mustangs.
Roble Amarillo no pareció sorprenderse por el relato de su amigo. Después de ordenar sus pensamientos le dijo al teniente:
-No trates de encontrar una explicación racional a lo que viste. No pienses como te educaron los hombres blancos, piensa como shoshone. Piensa que simplemente ocurrió, y las razones del porqué de esa aparición no te conciernen porque están fuera de tu control. Tengo que decirte que, en los últimos dos días, todo el pueblo shoshone invocó al Gran Espíritu para que enviara al mejor de sus guerreros para ayudarlos a vencer al maligno y así finalmente ocurrió. No importa qué viste, solo importa que ocurrió y terminó siendo para bien.
Valdez se quedó pensando en las palabras de su hermano nativo, quien le agregó su clásico remate de humor:
- Y si se sienten tan en deuda con el Gran Espíritu, los llevo a la aldea y le hacen una ofrenda, por ser ustedes les haremos un descuento.
Y ambos rieron.
Los agentes sobrevivientes, incluidos los dos francotiradores del Mossad, se abocaron a la tarea de disponer de los cadáveres, empezando por el coronel.
Valdez se sentó a mi lado y enseguida llegó Esperanza a sumarse al encuentro.
-Esperanza, tengo que destacar tu valentía e inteligencia en la manera en que enfrentaste a semejante enemigo, aunque esto se haya visto opacado por la destrucción de los papeles de Norman, dijo Valdez.
Esperanza lo miró al teniente con una mirada de la cual emanaba tanto picardía como astucia:
-¿Y quién le dijo que los papeles de Norman fueron destruidos?
- ¡Nosotros lo vimos, lo vimos claramente cuando el cardenal abrió tu mochila y sacó el paquete de documentos que Norman te había dado y los arrojó al fuego en el establo!, dijo el teniente.
-Todo fue un acto de magia –dijo la niña- todos vieron lo que yo quise que vieran, incluso el cardenal, y dicho esto la niña corrió al establo y, levantando una gruesa loza de piedra, sacó un paquete de papel de estraza que ella había guardado ahí mucho antes de que ocurriera todo lo que ocurrió.
Esperanza se acercó a Valdez y le dio el paquete diciéndole:
-Estos son los verdaderos Papeles de Norman, lo que le di al cardenal fue una vieja guía telefónica de Utah sin las tapas, se nota que al bruto no le gustaba leer porque no notó la diferencia.
Valdez la abrazó como solo se abraza a una hija y yo acoté:
-Me parece, teniente, que estamos frente a una futura y excelente detective.
Valdez sonrió y sentenció:
- Cuando alcance su mayoría de edad, y si ella lo quiere, yo la apoyaré con todas mis fuerzas para que ingrese a la academia de policía y se convierta después en detective.
Esperanza se levantó de su asiento, miró al teniente con una pícara sonrisa y respondió:
-Nos veremos en diez años, teniente.