¿Quiere recibir notificaciones de alertas?

Jueves 29 de Enero, Neuquén, Argentina
Logo Am2022
PUBLICIDAD

Osvaldo Soriano íntimo: el recuerdo de un escritor neuquino entre cafés, libros y amistad

En enero, mes marcado por su nacimiento y su muerte, la figura de Osvaldo Soriano vuelve a encender la memoria. El escritor neuquino Ricardo Koon evoca sus encuentros con el autor que pasó parte de su infancia en Cipolletti y dejó una obra que todavía dialoga con la Argentina, sus derrotas y sus esperanzas.

PUBLICIDAD
Ricardo Koon mantuvo largas conversaciones con Osvaldo Soriano, quien murió un 29 de enero de 1997.

En el mes de enero, la figura de Osvaldo Soriano vuelve a convocar lecturas, recuerdos y afectos. Nacido en el 6 de enero de 1943 y muerto el 29 de ese mismo mes pero de 1997, el escritor que pasó parte de su infancia y adolescencia en Cipolletti dejó una obra que todavía dialoga con el país, sus derrotas y sus esperanzas. Para Ricardo Koon, escritor neuquino, estas fechas son una puerta de entrada a una memoria personal atravesada por la amistad, la admiración y las largas conversaciones literarias.
“Difícil olvidar mis encuentros con él en Buenos Aires”, le dijo Koon a Mejor Informado, y acercó un texto a modo de evocación íntima, poblada de escenas, cafés y nombres propios.
El vínculo de Koon con Soriano nació desde la lectura. Había leído “Triste, solitario y final” y quedó marcado por una escena mínima, casi lateral, pero reveladora. “Me atrajo sobre todo, casi al final de la novela, una parte en que el detective Phillip Marlowe le pregunta: ‘Dígame Soriano: ¿por qué se le dio por meterse con el Gordo y el Flaco?’ A lo que Soriano respondió sencillamente: ‘Los quiero mucho’. No eran necesarias más palabras”. En esa respuesta, Koon reconoció algo propio: “Yo también crecí con el Gordo y el Flaco, fueron los personajes de mi infancia”.

“Lo que importa, lo que seguirá importando, es que sus libros seguirán leyéndose”, señaló Koon.

El deseo de conocer a Soriano llegó poco después de un viaje decisivo. “Quise conocer a Osvaldo varios meses después de volver de Chile, tras una visita a Pablo Neruda en Isla Negra”, recuerda. Por entonces, Koon daba sus primeros pasos literarios, alentado por Carolina Eisner de Grinbaum, editora de la revista El Grillo, quien lo fue acercando a figuras clave del ambiente cultural porteño hasta que, finalmente, llegó a la redacción de Primera Plana. Desde allí, el encuentro fue inevitable.

.“Como Osvaldo Soriano, yo también crecí con el Gordo y el Flaco, fueron los personajes de mi infancia”, recordó Koon.


La escena inaugural tiene aroma a Buenos Aires clásico: “Nos fuimos al café Los 36 Billares de la Avenida de Mayo. Yo tenía veinte años y comenzaba mi larga cruzada en busca de Hemingway. Él tenía treinta”. Soriano —el Gordo— se mostró paciente, cercano, humano. “Fue muy paciente conmigo, aunque reiteradas veces tuve que pedirle que se quitase el cigarro de la boca y modulase despacio para poder leerle los labios”.
Ese primer diálogo dejó una frase que Koon guarda como un reconocimiento fundacional: “¡Sos un capo! —me dijo—, con tus limitaciones físicas (Koon es hipoacúsico) te llegaste hasta la misma cara de Victoria Ocampo y de Pablo Neruda. Es un placer estar con un tipo como vos”.

Osvaldo Soriano vivió su infancia y su adolescencia en Cipolletti.

"No le perdonaban que amara el fútbol"

Hablar con Soriano, evoca Koon, “fue una ceremonia amena, que nunca se terminaba”. Entre anécdotas, aparecía también el costado áspero del reconocimiento literario. “El Gordo sufría. No le perdonaban que hubiera crecido por fuera de las normas, que amara el fútbol, que no creyera que escribir fuera mejor que jugar de 9 en el club de sus amores: San Lorenzo”. Como Roberto Arlt antes que él, Soriano cargó con el desprecio de ciertos círculos académicos. Pero Koon es categórico: “Lo que importa, lo que seguirá importando, es que sus libros seguirán leyéndose. Lo que cuenta, a la larga, es lo que queda. Y lo que queda son sus libros”.

“Nos fuimos al café Los 36 Billares de la Avenida de Mayo. Yo tenía veinte años y comenzaba mi larga cruzada en busca de Hemingway. Él tenía treinta. Fue muy paciente conmigo, aunque reiteradas veces tuve que pedirle que se quitase el cigarro de la boca y modulase despacio para poder leerle los labios”, evocó el escritor neuquino sus primeros encuentros con Soriano en Buenos Aires.


Uno de los grandes puntos de unión entre ambos fue Ernest Hemingway. “Hablamos de Hemingway, comentándole que ambos abandonaron la escuela literaria para trabajar de periodista”, recuerda. Y cita una frase de Soriano que condensa afinidades profundas: “A ambos nos ataron París y los gatos”.
El humor, la exageración y las historias al borde de lo inverosímil también eran parte del encanto. “Entonces surgían anécdotas que pasaban la frontera de lo veraz, pero que valían la pena”, dice Koon, convencido de que ese estilo narrativo fue clave para que la obra de Soriano dialogara con el cine y con un público amplio. No habrá más penas ni olvido, llevada al cine por Héctor Olivera, es para él una de las grandes metáforas del país: “El Gordo retrata el eterno conflicto interno del peronismo con una lucidez feroz”.

El vínculo de Koon con Soriano nació desde la lectura de “Triste, solitario y final”.

Desde el exilio, Soriano escribió, a juicio de Koon, una de las grandes novelas sobre la dictadura. Cuarteles de invierno le pareció “el mejor libro que se escribió en el exilio sobre la dictadura argentina”, poblado de “seres marginales, perdedores, desorientados”, emparentados con los personajes de Bukowski y Hemingway, pero atravesados por una esperanza obstinada, “esa que los distingue como argentinos”.

 

El hombre que vivía de noche y los gatos

La vida cotidiana de Soriano también aparece en el recuerdo: “Me dijo que era un hombre muy casero, que vivía de noche. Se levantaba a las tres o cuatro de la tarde y se acostaba a las cinco de la mañana. No le gustaba el amanecer, le angustiaba”. Luego vendrían el exilio en Francia, el regreso en 1984, y los reencuentros, ya con Koon instalado en Neuquén desde 1989.
La memoria se detiene en Cipolletti, ese territorio formativo de Soriano. “Visité su casa de Cipolletti, hoy oficinas de Aguas Rionegrinas, y recogí peras de su Rosebud”, dijo Koon, enlazando infancia, literatura y paisaje patagónico. No es un detalle menor: en esa ciudad, Soriano empezó a mirar el mundo que luego narraría con ironía y compasión.
Gatos, coincidencias y círculos que se cierran completan la escena final. Soriano, como Hemingway, amaba a los felinos. “El primero que tuvo lo llamó Negro Vení”, recuerda Koon, y enumera a Chiruza, Pirulín y Gatín, habitantes de una intimidad doméstica que contrasta con la figura pública del escritor.
“La literatura —parece decir Koon— también es esto: amistades, charlas, admiraciones compartidas”. Y cierra con una frase de Soriano que resuena como despedida y legado: “Los sueños se van con la noche. Y tan solo queda una bruma lejana e inatrapable.”

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD