Llegó desde Europa con libros, lenguas y saberes, pero fue en la Patagonia donde encontró su destino. Juan Benigar, ingeniero, lingüista y tejedor, creó en Aluminé la primera industria textil neuquina y logró que sus telas artesanales se vendieran en la emblemática tienda Harrods en la ciudad de Buenos Aires. Una historia de trabajo, mestizaje cultural y visión adelantada a su tiempo.
Cuando el agua corría por el canal que él mismo había diseñado, el telar empezaba a moverse. No había motores ni electricidad: solo la fuerza hidráulica, la lana recién esquilada y una idea obstinada de progreso en medio de la cordillera. Así, en un rincón remoto del Territorio del Neuquén, Juan Benigar tejía metros de tela que terminarían exhibidos en una de las casas comerciales más prestigiosas del país.
Benigar había nacido en diciembre de 1883, en Zagreb, en el corazón de una Europa convulsionada pero intelectualmente fértil. Formado como ingeniero civil en Praga, políglota incansable y lector voraz, hablaba cerca de veinte idiomas y se movía con naturalidad entre la filología, la antropología y las ciencias duras. Sin embargo, su vida cambiaría para siempre cuando decidió cruzar el océano y probar suerte en el sur argentino.
Corría 1908 cuando desembarcó en la Patagonia. No vino atraído por el oro ni por las promesas de las grandes ciudades, sino por una curiosidad profunda: de niño había leído sobre los pueblos originarios y quería conocerlos. Ese interés marcaría su destino. Tras pasar por el Alto Valle, se instaló en la zona de Catriel, donde conoció a Eufemia Barraza, mujer mapuche emparentada con la histórica dinastía Catriel. Con ella formó una familia numerosa y, sobre todo, ingresó de lleno en un mundo de saberes ancestrales.
Fue Eufemia quien le enseñó el arte del telar vertical mapuche. Benigar no se limitó a aprender: observó, adaptó, mejoró. A los conocimientos heredados les sumó su formación técnica y su espíritu innovador. Diseñó canales de riego, perfeccionó el sistema de hilado y pensó el tejido no solo como subsistencia, sino como industria.
A mediados de la década de 1920, su camino lo llevó a la cordillera neuquina. Primero al puesto Quilla Chanquil y luego a Pulmarí, donde se asentó definitivamente en un paraje cercano a Aluminé, al que bautizó Poipucón. Allí volvió a formar pareja, esta vez con Rosario Peña, oriunda de Ruca Choroy, y tuvo cuatro hijos más. En ese entorno, rodeado de montañas, manzanos y agua cristalina, nació una experiencia inédita para la región.
Benigar montó una tejeduría que funcionaba con energía hidráulica. El agua del canal impulsaba el telar mediante correas de cuero, pedales y palancas. El proceso era largo y meticuloso: esquilar, lavar, hilar, teñir y tejer. La producción se organizaba de manera casi cooperativa, con participación familiar y algunos trabajadores asalariados. Todo se registraba en una pequeña libreta que el propio Benigar llevaba consigo.
El éxito de las telas de Benigar
Las telas resultantes eran resistentes, sobrias, de colores profundos: negros, marrones, grises, verdes oscuros. El teñido combinaba anilinas importadas con pigmentos vegetales de la zona, como la chilca o la corteza de lenga. El resultado no tardó en llamar la atención de compradores exigentes.
Sin hacer publicidad ni buscar mercados, las telas de Benigar comenzaron a circular. Llegaban por correo a distintos puntos del país y, según recuerdan viejos pobladores y documentos conservados en Aluminé, también a Harrods Gath & Chaves, la emblemática tienda porteña de la calle Florida. En sus mostradores, el paño salido de un telar cordillerano convivía con tweeds escoceses y casimires ingleses.
La anécdota atraviesa generaciones: incluso el presidente Marcelo T. de Alvear habría vestido un frac confeccionado con tela producida en Aluminé. Más allá del mito, lo concreto es que un saco con etiqueta de Harrods, tejido por Benigar, hoy se conserva en el Museo Municipal “El Charrúa”, como prueba material de esa proeza silenciosa.
A pesar del éxito, Benigar nunca dejó de pensar en grande. Su sueño era crear una cooperativa que diera trabajo estable a unas cien familias indígenas. El proyecto contó con apoyos y promesas, incluso a nivel nacional, pero nunca se concretó. Las máquinas y la turbina necesarias jamás llegaron a destino.
El 14 de enero, bajo la sombra de un manzano en su casa de Poipucón, Juan Benigar murió sentado, como si descansara entre una tarea y otra. Tenía 66 años. Se definía como esloveno por formación, croata por nacimiento y “hijo espiritual de la Patagonia”.
Hoy, su historia sigue siendo una de las más singulares del Neuquén: la de un hombre que unió ciencia y cultura ancestral, Europa y cordillera, y que desde un telar de madera logró llegar a la vidriera más elegante del país. Una vida tejida, literalmente, hilo por hilo.