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Domingo 25 de Enero, Neuquén, Argentina
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Davos, caja de resonancia del desorden mundial

Trump experimentó en Davos resistencias a sus planes globales. Europa, Putin y China mueven sus fichas para acomodarse a esta caótica dinámica global.

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Trump, protagonista excluyente de la política mundial
Macron fue la voz de las demandas europeas sobre Groenlandia
Mark Carney, líder canadiense, sorprendió con un discurso muy duro contra el rol de las grandes potencias mundiales
En Davos Trump encontró resistencias y tuvo que negociar
Groenlandia fue el tema central en Davos
Mark Rutte, el jefe de la OTAN, logró un acuerdo con Trump sobre Groenlandia

Donald Trump se transformó en la principal atracción del Foro Económico de Davos. Todo lo que se habló y discutió en ese escenario global lo tuvo a él y a sus propuestas como ejes. Sin embargo, falló en lo más importante: no pudo imponer como quería su agenda internacional y encontró resistencias que pueden complicar sus planes.

La sorpresiva disputa por Groenlandia

La escalada de Washington para quedarse con Groenlandia activó, como nunca, a los europeos, quienes, después de ver lo que Trump fue capaz de hacer en Venezuela, toman más en serio al mandatario estadounidense. Y quizás por eso decidieron hacer otra cosa que decirle siempre que sí. Pero en medio de este deterioro en la relación trasatlántica, que atraviesa uno de sus puntos más bajos en 50 años, en su discurso, Trump, quizás percibiendo que había ido muy lejos, se autoimpuso un límite: podrá seguir provocándolos o burlándose de los europeos a través de memes generados con IA simulando la conquista de Groenlandia, pero en su discurso avisó que no iba a usar la fuerza para conquistar ese territorio. Y después también retiró su amenaza de aumentarles aranceles a quienes se opongan a su plan de quedarse con Groenlandia. Un reconocimiento explícito de lo contraproducente que podía ser para Estados Unidos la escalada de este insólito conflicto con sus socios históricos. 

Para algunos, esta flexibilización de Trump fue vista como un éxito de la estrategia de los países europeos que en los últimos días habían desafiado a Trump, movilizando tropas y haciendo ejercicios militares en la isla. Mark Rutte, secretario general de la OTAN y siempre en el primer lugar de la fila de los líderes europeos para congraciarse con Trump, aprovechó la señal y rápidamente cerró con el estadounidense un acuerdo para satisfacer las demandas de seguridad de Estados Unidos. También le garantizó el control de lo que entre y salga de ese territorio, incluidos los minerales de tierras raras. que también le interesan y mucho a Trump.

Rutte parece haber logrado lo que los mandatarios europeos, liderados por el presidente francés, Emmanuel Macron, buscan siempre desesperadamente: alguna forma de frenar a Trump sin enfurecerlo demasiado, bajo el temor de que los abandone en Ucrania. Trump siempre amenaza como represalia, y lo volvió a hacer en su discurso, a una posible negativa europea, con cortar definitivamente el apoyo militar y económico clave para sostener la resistencia ucraniana frente a la invasión de Putin, amenazando con desengancharse del conflicto. Una pesadilla recurrente para Europa y Ucrania.

Una ONU paralela para la reconstrucción de Gaza

También en Davos, Trump lanzó la Junta de la Paz para terminar definitivamente con la guerra en Gaza y después ocuparse de otros conflictos. Tendrá poder absoluto para invitar y expulsar miembros, y ya lo demuestra: convocó a Putin, quien hace casi cuatro años invadió Ucrania y se transformó en el principal enemigo de la Europa democrática. Macron, con su negativa a participar, volvió a irritarlo al declarar que la propuesta “pone en entredicho los principios y la estructura de las Naciones Unidas”. De las más de sesenta invitaciones cursadas, asistieron un poco más de la mitad. Fue una foto deslucida en la que faltaron casi todos los europeos, incluso los aliados de Trump, como la líder italiana Giorgia Meloni. Tampoco estuvieron los líderes de las principales potencias mundiales. Sí muchos países árabes, que podrían aportar soldados para gestionar el territorio, lo que enojó un poco a Israel. 

La invitación a Putin y las condiciones que pone para sumarse a la Junta de la Paz, entre ellas pagar mil millones de dólares para garantizarse un lugar, amenazan con vaciar el respaldo internacional que su iniciativa había conseguido cuando logró el fin del conflicto. De todos modos, lo importante será lo que pase en el terreno: el grupo terrorista Hamas debe ser desarmado y correrse de cualquier tipo de negociación para que empiece una transición hacia un administración técnica liderada por la Autoridad Palestina. 

Una lección para Occidente

Para Europa, el balance de lo que pasó en Davos le deja una lección que habrá que ver si la ejecutará: cuando le mostró a Trump ciertos límites, terminó mejor parado que, por ejemplo, cuando aceptó sin chistar la política arancelaria que le impuso el líder estadounidense a principios de año mientras China le oponía una firme resistencia cerrándole en represalia importantes exportaciones de materias primas estratégicas. El comercio era el área donde era más fuerte para plantarse frente a Trump. Pero lo hizo ahora con Groenlandia, donde claramente pesa el aspecto militar y de seguridad, ámbito que Estados Unidos domina sin ningún tipo de discusión. Quizás guiados por la desesperación se plantaron y lograron salir mejor parados de lo que habían entrado a esta crisis.

Trump tampoco logró profundizar la grieta europea. En su Estrategia de Seguridad Nacional, presentada a fines de diciembre, mientras criticaba ferozmente a la actual dirigencia europea, rescataba a sus socios de extrema derecha, quienes, según él, eran los únicos capaces de salvar la civilización europea. Se refería, entre otros, a los franceses Marine Le Pen o Jordan Bardella o Alternativa por Alemania en Alemania. Muchos de ellos, con la excepción del húngaro Viktor Orbán, no parecen muy convencidos en acompañar a Trump en su intento de destruir el proyecto europeo.

Macron, el primer ministro británico Keir Starmer y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, se mostraron más duros frente a Trump, pero fue el canadiense Mark Carney quien describió quizás de manera más clara la realidad global. Dio por terminado el orden mundial que conocíamos para dar paso a “una realidad brutal en la que la geopolítica entre las grandes potencias no está sujeta a ningún límite”. Hablaba de Trump y seguramente de Putin sin nombrarlos. ¿Y de China? Puede ser, pero eso no impidió que horas después se anunciara la firma de un tratado comercial con el gigante asiático, foto entre Carney y el líder chino Xi Jinping incluida, que volvió a enfurecer a Trump.

Carney tuvo estas semanas otra prueba para justificar su idea de que el orden internacional basado en reglas murió. La comunidad internacional se muestra impotente e indiferente para frenar la masacre en Irán. Ni siquiera las denuncias de lo que dejó la represión del régimen, y que aún continúa, que dejó miles de muertos, decenas de miles de detenidos, heridos sin atención médica y familias obligadas a enterrar a sus víctimas en secreto, provocaron al menos la indignación de los organismos internacionales. Por eso, en este vacío de poder, todos vuelven a mirar a Trump, a quien, si bien no le fue del todo bien en Davos, parece seguir decidido a diseñar el mundo a su manera. 

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