Lejos de la inquietud incesante de quienes hacen política en las redes digitales, y pretenden por estas horas crear y afirmar la idea de que este año es clave para futuras elecciones, buscando resucitar opciones que naufragan por ahora en la nada misma, este, el 2026, será un año muy concentrado en la gestión concreta del gobierno en Neuquén; fundamentalmente, un año que podría abrir la puerta a las nuevas economías que se alimentan desde las grandes ubres petroleras de la vaca muerta.
Desde esa fuente de recursos que crece saludablemente, buscando hacer pie entre las cambiantes condiciones globales, se abastece a los recursos privados, traducidos en inversiones, y, también, a los recursos estatales, volcados en proporciones crecientes a la renovación de infraestructura, pues la provincia tuvo un período de dos décadas de nulidad casi absoluta en la resolución de ese tema, crucial para el despegue de su economía.
En la semana que pasó, la certificación oficial de la puesta en marcha de la mega obra de la avenida Mosconi, en la capital neuquina, fue una base primordial para la nueva economía neuquina. Representa no solo lo que la obra implica en sí, sino una intencionalidad política coincidente en esta etapa, entre el gobierno provincial de Rolando Figueroa y el municipal capitalino de Mariano Gaido. En ese contexto, sintetiza un acuerdo de política de Estado esencial para el desarrollo de la gran industria que a futuro será opción de los hidrocarburos, junto a la agroindustria: el turismo.
La avenida más ancha al sur del río Colorado implicará una puerta de entrada de lujo para el turismo en Neuquén. Será, también, una atracción en sí misma, que complementará el desarrollo de los paseos ribereños y de los parques temáticos en la meseta. No hay mayores dudas en esto: la capital neuquina incrementa la chance turística de Neuquén de una manera exponencial.
En estos días, el gobierno de Figueroa informó que esta temporada de verano arrojó su primer resultado muy positivo: se mencionó un movimiento de más de 40 mil millones de pesos gracias a la actividad turística, y se dio a conocer un relevamiento de porcentajes de ocupación en los distintos centros recreativos de la provincia muy alentador, con un crecimiento de más de 7 por ciento respecto de la misma época del año pasado.
El Estado neuquino subvenciona directamente muchas cuestiones vinculadas al turismo. No está mal, al contrario, está muy bien, porque habla de un respeto hacia una línea de desarrollo que en la teoría ha estado desde el principio de la provincia, aunque en la práctica haya sido espasmódica y discontinua: el impulsar actividades económicas opcionales a la extracción de hidrocarburos, con esos recursos extraordinarios de la renta petrolera, las regalías.
Que este recurso se use para incentivar y promover otras actividades económicas, o para achicar deudas tomadas por el Estado, aparece como saludable, sobre todo si se tiene en cuenta que Neuquén viene de largos períodos de gastar esos recursos en cuestiones corrientes de su administración.
Nunca fue bueno ordeñar la vaca petrolera y gastar esa leche oscura en gastos corrientes del Estado. Se lo ha justificado muchas veces (demasiadas) en cuestiones de coyuntura, y en repartir culpas hacia factores externos presuntamente perjudiciales.
Así, tal vez comience a tomar cuerpo la idea de que el Estado presente no necesariamente es un Estado elefantiásico. Que puede haber un Estado relativamente chico en el tamaño, y eficiente en la gestión, como la historia del mundo se ha cansado de demostrar.
Por supuesto que ni hablar de la corrupción, esa madre de todos los malos gastos. En estos días, el gobierno de Figueroa exoneró a los agentes estatales que habían participado, y que fueron condenados por eso, en la estafa de los planes sociales.
Es, más allá del hecho inevitable u obvio, un punto de partida que ojalá se afirme y consolide en lo que a su ejemplo indica: no usar la plata del Estado (la plata del pueblo) en alimentar maquinaria política para ganar elecciones; pues esa plata es sagrada, y debe destinarse a servicios y mejora de infraestructura; a cimentar el desarrollo; y, esencialmente, a reafirmar la idea institucional de que el Estado no es propiedad de quien lo gobierna circunstancialmente, sino de todos los ciudadanos.
Este año, así, será de mucha gestión, y, esa gestión, alimentará después la expectativa y la resolución de la competencia electoral. Pero no hay que poner el carro por delante de los caballos. Las opciones políticas a los actuales oficialismos tienen por delante un desafío esencial: construir el edificio propio sin destruir lo que se está construyendo como edificio para todos.