La recuperación avanzaba en silencio cuando Christian Petersen decidió contar lo que hasta ahora había quedado fragmentado. Lejos del golpe de efecto y del relato épico, eligió reconstruir el episodio más crítico de su vida desde un lugar íntimo, con detalles que explican por qué el cuerpo dijo basta en plena montaña.
El viaje a la Patagonia no tenía ambiciones deportivas. Christian Petersen había ido a visitar a su tío y, casi como un impulso, aceptó sumarse a una excursión al Volcán Lanín sin experiencia previa en andinismo. La idea inicial, según contó, era otra: un plan reducido, calmo, lejos del ruido. La realidad fue distinta desde el comienzo.
En la entrevista con La Nación, el chef explicó que llegaba atravesado por un año emocionalmente devastador. “Había tenido un año muy difícil. Se había muerto un socio mío dos meses antes. Fue durísimo para toda la empresa y para mí personalmente (...) También tuve un tema en diciembre medio violento, con gente del sindicato que me amenazó con armas”, relató, dejando en claro el nivel de tensión acumulada.
A ese desgaste se sumó un rasgo personal que reconoce desde hace tiempo. “Además, yo a veces tengo un tema de ataque de pánico: cuando estoy con mucha gente mucho tiempo me agarra una cosa de querer estar a solas”, explicó. El grupo, lejos de ser pequeño, era numeroso y demandante. “Había 40 personas y todo el mundo quería charlar de cocina, yo de las flores que había en el volcán”, recordó.
La noche previa al ascenso terminó de sellar la incomodidad. Christian Petersencontó que la sensación de encierro fue creciendo hasta volverse física. “A la noche me agarró un poco de claustrofobia, y me quise bajar”, dijo. Con el aval del guía, decidió descender al día siguiente, convencido de que esa era la mejor opción.
La bajada fue intensa. “Quizás me puse demasiado al límite, quizás no me escuché”, reflexionó. Al llegar a la base, notaron que estaba “acelerado”, aunque él no lo percibía así. “Yo quería bajar, necesitaba bajar, así que bajé muy manija todo el camino”, contó. Una ambulancia lo trasladó al hospital y allí apareció el dato clave: una arritmia severa.
El recuerdo se corta de golpe. “Ahí me ataron y me medicaron. Y ahí hay 30 días en los que no sé qué pasó”, relató. El cuerpo colapsó y comenzó una internación que incluyó terapia intensiva, respirador y un traslado de urgencia a Buenos Aires.
El despertar llegó lejos de la montaña. “Después me acuerdo que me desperté en el Hospital Alemán. Con mi hijo, mi mujer y mi mejor amigo diciendo: ‘escuchá, casi te morís’. Me agarraron muchas ganas de vivir. Me desperté sintiendo mucho amor”, cerró, con una claridad que recién apareció cuando lo peor ya había pasado.