El recreo transcurría como cualquier otro, los chicos corrían, jugaban, gritaban. Entre ellos, un alumno de cuarto grado que jamás imaginó que ese momento de diversión se convertiría en el inicio de una pesadilla. De repente, cayó. El golpe fue fuerte, el dolor inmediato: su brazo derecho estaba fracturado. Aunque del establecimiento se le dio aviso al seguro y se le realizaron las atenciones correspondientes, una jueza de Cipolletti reconoció que hubo consecuencias para el niño. La fractura, el dolor físico, la atención médica inmediata y la primera etapa de recuperación generaron una afectación que debía ser reparada.
Las autoridades escolares actuaron rápido: avisaron a la familia y activaron el seguro. El niño fue trasladado a un centro médico, donde confirmaron la fractura. Yeso, controles, y luego la noticia que nadie quería escuchar: el hueso estaba desviado y había que operar. La cirugía llegó, junto con el material de fijación y la esperanza de que todo se encaminaría.
Pero la historia no terminó ahí. Meses después, otra caída volvió a ponerlo en el hospital. Nuevas fracturas, más operaciones y una infección que complicó aún más el cuadro. Lo que había empezado como un accidente escolar se transformó en un proceso largo, doloroso y lleno de incertidumbre.
La familia, agotada y con bronca, decidió demandar a la provincia y a la aseguradora Horizonte. Argumentaron que el patio tenía irregularidades y que la escuela no respondió como debía. Señalaron que las secuelas físicas y emocionales del niño estaban directamente ligadas a aquel primer accidente.
La provincia, por su parte, negó esa versión. Sostuvo que todo ocurrió en un recreo normal, bajo supervisión docente, y que el seguro se activó como corresponde. El expediente sumó informes médicos, testimonios y pericias. La jueza María Adela Fernández del fuero Contencioso Administrativo analizó cada detalle y concluyó que no todos los daños podían vincularse con el episodio inicial.
Finalmente, la sentencia reconoció solo una parte de la demanda: el daño moral por la primera caída en el recreo. El resto de los reclamos fueron rechazados. Así, lo que empezó como un juego terminó en un proceso judicial que expuso las fragilidades de los espacios escolares y dejó a una familia con la sensación de que la justicia apenas rozó la verdadera dimensión de su dolor.