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Jueves 26 de Febrero, Neuquén, Argentina
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Ikigai: la idea japonesa para encontrar "eso" que hace que la vida valga la pena

No promete éxito inmediato ni fácil. Propone algo más complejo: descubrir lo que amás, lo que sabés hacer, lo que el mundo necesita y aquello por lo que pueden pagarte.

Jueves, 26 de febrero de 2026 a las 10:13
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Cuando trabajar no es solo ganar dinero.

Hay gente que se levanta todos los días temprano sin necesidad de despertador. No porque sea disciplinada. No porque le paguen una fortuna. Sino porque hay algo que la está esperando. No es un trabajo o un emprendimiento. Es una razón. En la cultura japonesa, a esa razón le pusieron nombre. Se llama Ikigai.

La palabra no tiene traducción exacta, pero podría explicarse como “aquello que hace que la vida valga la pena ser vivida”. Lo curioso es que, aunque en Occidente lo envolvimos en frases de sobrecito de azúcar, reels de Instagram y promesas de felicidad, el Ikigai no nace en un libro de autoayuda ni en un curso de coaching. Nació en la vida real. En el trabajo. En las manos.

La maestra que sigue enseñando después de jubilarse. El cocinero que repite el mismo plato durante décadas, buscando una perfección que nunca termina de llegar. No trabajan para vivir. Viven para trabajar en aquello que les da sentido. Que disfrutan, además, como un rol, como una pieza de un engranaje superior.

Quien encuentra su ikigai no trabaja en lo que le da dinero, sino en lo que le da sentido.

 

Efecto secundario

Durante décadas, en este lado del mundo, el trabajo fue otra cosa. Fue supervivencia. Fue obligación. Fue lunes. El mandato era claro: estudiá algo “que tenga salida”. La felicidad era un efecto secundario, un lujo que, si llegaba, llegaba después.

Pero algo empezó a resquebrajarse. Personas que renunciaban a empleos estables. Profesionales exitosos que cambiaban de rumbo. Oficinistas que, un día, se preguntaban en silencio: “¿Qué hago acá?”

El Ikigai apareció entonces como una respuesta posible. O, al menos, como una buena pregunta. El Ikigai vive en la intersección de cuatro territorios: lo que amás, lo que sabés hacer, lo que el mundo necesita y aquello por lo que pueden pagarte.

Ese último punto es el más incómodo, porque romantizar el propósito es fácil cuando no hay facturas que vencen. Y a veces tiende a subestimarse el precio de lo que te gusta y sabés hacer hacer. 

El verdadero desafío es otro: encontrar un trabajo que no sea solo trabajo.

 

Soy lo que hago

Durante siglos, el oficio fue identidad: el herrero era herrero, el panadero era panadero. No había separación entre la persona y su tarea. La modernidad, en cambio, inventó algo distinto: el empleo. Y el empleo es, entre muchas otras cosas, intercambiable.

Uno puede trabajar de algo sin ser eso. Ahí es donde el Ikigai introduce su concepto: propone que el trabajo no sea solo un medio, sino una extensión de quien sos.

No se trata de romantizar situaciones dolorosas y extremas. Mucho menos de “manifestar”. Ni abandonar todo e irse a vivir a una isla. Ni de que encontrar el ikigai suceda desde el minuto uno de nuestra inserción al mundo del trabajo. Se trata de algo más complejo. Se trata de alinear. Que aquello que hacés durante ocho, diez o doce horas por día no sea un dolor. Que no tengas que convertirte en otro para sobrevivir.

El Ikigai vive en la intersección de cuatro territorios: pasión, misión, profesión y vocación.

 

La trampa 

Pero hay una trampa. El Ikigai no siempre es evidente. A veces no aparece como un rayo esclarecedor, aparece como una insistencia. Eso que te gusta hacer incluso cuando nadie te lo pide, eso que harías sin pensar en el dinero, eso que, cuando lo hacés, el tiempo se vuelve raro. El problema es que el mundo no siempre paga por esas cosas. Y entonces empieza la negociación. Algunos logran convertir su Ikigai en su profesión. Otros lo mantienen al margen, como un territorio propio. Y ambos caminos son válidos. Porque el Ikigai no es necesariamente tu trabajo. Pero tu trabajo, si tenés suerte, puede convertirse en tu Ikigai.

En Occidente, y no está estrictamente mal, solemos preguntar primero cuánta plata vamos a ganar. Después, si queda tiempo, preguntamos si nos gusta. El Ikigai invierte el orden. No ignora el dinero, pero tampoco lo pone en el centro.

Quizás el mayor malentendido es creer que el Ikigai es un destino. No lo es. Es una construcción, se afina, se corrige, se pierde y se vuelve a encontrar. A veces cambia. Lo que te daba sentido a los veinte puede no ser lo mismo a los cuarenta. Y está bien. Porque el Ikigai no es un punto fijo, es una conversación entre vos y el mundo.

Esta idea japonesa podría explicarse como “aquello que hace que la vida valga la pena ser vivida”.

 

Al final, trabajar siempre va a implicar esfuerzo. Siempre va a haber días malos, siempre va a haber cansancio. El Ikigai no elimina eso. Lo que elimina es el vacío. Ese silencio incómodo que aparece cuando sentís que estás gastando tu vida en algo que no te pertenece. Encontrar tu Ikigai no significa que todo sea fácil. Significa que tu tarea, vale la pena. Y en tiempos donde la mayoría de las personas cuenta los días que faltan para el viernes, eso ya es una forma de felicidad.

 

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