La eliminación por parte de Israel y Estados Unidos del líder supremo iraní, Ali Khamenei, marca el fin de una era en Medio Oriente y el inicio de otra, cargada de incertidumbre. Con los ataques ordenados sobre infraestructura militar y nuclear y para descabezar al régimen, Donald Trump y Benjamin Netanyahu apuestan al final de la teocracia iraní luego de 47 años. Para lograr este objetivo necesitan algo que, por ahora, no está a su alcance: que surja dentro del propio régimen un nuevo liderazgo capaz de asegurarle a Washington que puede gobernar Irán aceptando una rendición absoluta y, al mismo tiempo, contener el conflicto.
La respuesta iraní es, hasta ahora, previsible: escalar. Irán no se limitó a atacar a Israel; también golpeó a los países del Golfo aliados de Estados Unidos, apuntando no solo a las bases militares que Washington oportunamente ordenó desalojar sino al corazón de su industria turística de lujo. Lo último que quieren esas monarquías es involucrarse en una guerra. El mensaje de Teherán es claro: la alianza con Trump los convierte en parte de este conflicto. Si los ataques continúan, deberán elegir entre seguir pidiendo una desescalada o responder militarmente contra Irán.
La debilidad iraní es estructura e inversamente proporcional a sus incendiarios discursosl y opera en todos los planos. Hace tiempo que el régimen perdió su legitimidad interna: su retórica nacionalista y antiimperialista ya casi no tiene adeptos frente al deterioro economico y social, el divorcio entre la élite política y económica y la población se hizo cada vez más evidente, y el sistema represivo que asesina en las calles a quienes protestan se volvió intolerable para millones de iraníes. A eso se suma el colapso de sus defensas: en las últimas horas, 200 aviones israelíes sobrevolaron su territorio, eliminaron a sus principales dirigentes y no sufrieron ninguna baja.
La jugada de Trump es más arriesgada que la anterior, la de junio, cuando entró en el conflicto para golpear las instalaciones nucleares, ordenó un cese del fuego y se retiró. Esta vez quiere un cambio de régimen. Piensa en el modelo Venezuela, pero el paralelo no es tan sencillo: hay variables clave que no controla. Ayer llamó a los iraníes a salir a las calles y tomar el poder, pero eso nunca ocurrió en ningún país sin que hubiera sobre el terreno alguien capaz de ordenar una transición. Es decir, tropas. Sin ellas, ni siquiera la infiltración de inteligencia de Israel y Estados Unidos —que quedó de sobra demostrada— puede hacer mucho más de lo que ya está haciendo.
Por eso, algunos en Washington apuestan a que un sector del propio régimen, que arrastra crisis internas desde hace tiempo, ocupe ese papel. Todas las miradas apuntan a la Guardia Revolucionaria: la fuerza militar que controla la mitad de la economía del país y que, habiendo nacido para proteger al régimen de la amenaza externa, podría transformarse en el actor pragmático que se siente a negociar con Washington lo que viene.
Trump advirtió que los ataques aéreos podrían continuar durante meses, pero lo que necesita es encapsular el conflicto. El mejor escenario para él es un cambio de régimen desde adentro, al estilo Venezuela: eso le permitiría demostrar, antes de que se profundicen las críticas internas por involucrar a Estados Unidos en una guerra cuando prometió exactamente lo contrario —y sin pedir autorización al Congreso—, que la operación militar mejoró la vida de millones de iraníes.
Será clave cómo se da el proceso de sucesión. La Constitución iraní establece que, hasta la elección de un nuevo líder supremo por parte de la Asamblea de Expertos, un consejo de tres miembros, integrado por el presidente Pezeshkian, el jefe del Poder Judicial y un jurista del Consejo de Guardianes, asume las funciones de gobierno. El ayatolá Alireza Arafi fue designado para completar ese trío. Cualquiera que se quede con el poder enfrenta dos opciones: negociar con Washington una salida que acepte todas sus exigencias, o vivir escondido en un territorio donde ya quedó demostrado que no hay lugar seguro.
Confiar en que el hartazgo de la población hacia un régimen que la gobernó a sangre y fuego durante 47 años alcance por sí solo para producir un cambio de régimen parece un error de cálculo. La historia no registra transiciones de este tipo sin alguien que las conduzca desde adentro. Trump lo sabe, y sus asesores también. Por eso, aunque Irán no es Venezuela, va a intentar hacerlo porque sabe que cualquier otro escenario podría marcar este año electoral y el resto de su mandato.